Apuntes sobre mi lectura de “Todas las almas”

“Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte de
cada noche, que se llama sueño…”

Acabo de leer en Internet, ya se sabe que todo está en la red, una crítica al libro de Javier Marías donde el que escribe se queja, fundamentalmente, de que en la novela no sucede nada y por tanto no es una novela.

Al margen de que las clasificaciones no me interesan un ápice y de que nadie ignora que “la inminencia de algo que al final no sucede es quizás el hecho estético“, lo que sí que es claro es que al margen del libro existen las lecturas del libro y aquí van unos apuntes de la mía.

Mientras leía Todas las alamas se me pasaron varias veces por el caletre los versos que he citado al principio, incluso pensé que la anterior podía ser una buena dedicatoria a esta poesía oxoniense de marías compuesta también de ríos, de caras que pasan, y también de algunas que no pasan pero que llevan inscritas en sus ojos azules y oscuros la sensación de pérdida del poema de Jorge Luis Borges.

Pero al acabar el libro y leer la última frase “el niño Eric vive y crece” me doy cuenta que mi sugerencia no era más que pura petulancia pues el libro está dedicado “a Eric Southworth“, o sea que acaba y empieza en el mismo punto y supongo esa era exactamente la intención de su autor. Hemos de suponer que al mismo niño que al levantarse en el restaurante para ir al aseo mira al amante de su madre “el niño se fijó en mí durnate esos pasos, como se había fijado al darse la vuelta en el vestíbulo del museo, y sin duda volvió a asociarme con quien debía asociarme (pero no diría nada porque era tibio y educado)“. Ese niño que comparte con los Newton-Bayes que le preceden no sólo el rostro sino también la “sensación de descenso que más pronto o más tarde todos los hombres sienten“. Este niño que con su mirada al narrador nos lleva directamente a la de la niña Clare Newton, su madre, cuando ve dos figuras blancas avanzando por el puente sobre el río Yamuna y, ella sí, dice “mira ahí está mamá con un hombre“. “Gawsworth, un mediocre escritor, muy capacitado para la risa, de gran éxito social, el rey de Redonda, es clamitoso, no es serio, bromea y juega (su pensamiento es errático, su carácter endeble) no puede hacerse cargo de ningún niño, ni siquiera de la mujer que ama” y no tendrá valor para saltar pero nunca más volverá a escribir, y ella sí, Clare newton luego Bayes, presencia la tragedia.

Y en este punto es donde adqueire todo su sentido la respuesta que le da su amante cuando este le propone, de manera frívola pues sabe la respuesta de antemano y aún así insiste, que se vaya a vivir con él, que su hijo sea su hijastro: “eres un imbécil —dispuesta a tener una conversación infantil con él sobre el acercamiento, las dudas, el combate, la risa, los celos y el abandono— si los amantes os demoráis y sois voluntariosos y ponéis mucho entusiasmo, pero no por mucho tiempo y así es como debe ser, esa es vuestra función y también vuestra gracia, también la mia. nuestra misión es no persistir, porque si duramos un poco más de lo debido entonces se acaba la gracia y vienen las tragedias. Tragedias imbéciles, tragedias evitables, tragedias buscadas.

Claire sí sabe con Faulkner, con Shakespeare, que “la vida es un teatro lleno de ruido y de furia que no significa nada“. También sabe con Vladimir Vladimirovich que esa caída en que todos nos hallamos inmersos desde la cuna hasta las losas del cementerio no tiene que ser, no debe ser, como la de su madre sino más bien como la de Alicia cayendo por el pozo y maravillándose con todo lo que va enconatrándose a su paso.

Y además están los detalles, “divinos detalles” que diría V. V. o en palabras de un coetáneo suyo —nacieron el mismo año, dijeron cosas muy parecidas, a cada cual más bella, y se ignoraron furibundamente— “hasta el desierto más extendo puede albergar un precioso pozo de agua” J.L.B.

Así pues, por ejemplo, observamos que a través de las páginas del libro va haciendo meandros el Isis, ese río que es el Támesis a su paso por Oxford, y que como todo el mundo sabe toma su nombre de la diosa egipcia protectora de las madres y los hijos. Referencia etimológica imprescindible para la cabal comprensión del texto y que espeto aquí de un papirotazo.

O bien, “entonces yo miré abiertamente al rostro de Clara Bayes y, sin conocerla, la vi como alguien que pertenecía a mi pasado… y era que ella miraba también, y me miraba como si me conociera de antiguo, casi como si fuera una de esas figuras devotas que pueblan nuestra niñez y que no son capaces, luego, de mirarnos como los adultos detestables que somos, sino que nos seguirán viendo niños eternamente… Esa incapacidad se da en la medida que para esas personas los niños son seres perfectos destinados a estropearse y embrutecerse y por eso su retina se esfuerza por guardar la imagen de la deidad transitoria y sentenciada…

Y unas páginas más allás:

El narrador: “Debería pensar en cosas más interesante“. Refiriéndose a las relaciones.
Cromer-Blake: “¿Tú crees que las hay? Nadie piensa en otra cosa que en mujeres y hombres, la totalidad del día es un trámite para detenerse en un momento dado y dedicarse a pensar en ellos. Los paréntesis no son ellos, sino las clases, las investigaciones, las lecturas… la totalidad de lo que llamamos actividad productiva. La que nos permite, luego, dedicarnos a pensar en ellos con total intensidad.
El narrador: “Es una agradable exageración
Cromer-Blake: “Puede ser, es lo que veo en mí y a mi alrededor“.

Por Gonzalo Orellana-Pizarro

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